El contenido arranca con un experimento mental: en una sala con cien personas todos deben colocarse del más inteligente al menos. Más de la mitad se sitúa por encima de la media, aunque matemáticamente es imposible. Ese sesgo de sentirse “mejor que la media” abre la reflexión sobre cómo sobreestimamos nuestra propia mente.
Después se retrocede diez mil años para contar cómo los antiguos uros, toros salvajes de fuerza descomunal, fueron domesticados generación tras generación hasta convertirse en vacas. La selección de los ejemplares más dóciles no solo cambió su comportamiento: su cerebro se hizo más pequeño y su sistema de alarma perdió intensidad. Es una prueba de que moldear la conducta termina moldeando la biología.
A continuación aparece un estudio con gallinas: dos botones, uno que da comida cada 30 segundos y otro que la reparte de forma imprevisible. Las aves eligen el botón imprevisible incluso si obtienen menos comida, el mismo patrón que impulsa a los humanos a jugar en un casino.
Con estas piezas de contexto se presentan tres grandes escalones hacia nuevas formas de inteligencia. Primero, las máquinas que se perfeccionan a sí mismas: algoritmos capaces de diseñar otros algoritmos y aprender sin intervención humana, como demostró AlphaGo Zero al redescubrir en días estrategias de Go que a los humanos les costaron siglos.
El segundo escalón es la inteligencia que surge del colectivo. Una sola hormiga es torpe, pero millones, siguiendo unas pocas reglas simples, levantan una ciudad subterránea con agricultura, ganadería y logística sin que ninguna entienda el plan completo.
El tercero muestra cómo el cerebro humano puede ampliarse con tecnología. Un submarino nuclear, que puede pasar meses bajo el hielo del Ártico, es tan complejo que ningún experto domina todos sus sistemas, un ejemplo de inteligencia distribuida. Y más allá, experimentos como los de Paul Bach-y-Rita —que enseñó a personas ciegas a “ver” mediante estímulos en la lengua— y los implantes de Neuralink —que permiten controlar un ordenador solo con el pensamiento— revelan que nuestro cerebro puede aceptar nuevos canales de información y reorganizarse para usarlos.
El recorrido concluye con una duda inquietante: si como especie sobrevaloramos nuestro propio nivel, quizá estemos cometiendo el mismo error que esos participantes del inicio, incapaces de imaginar los peldaños de inteligencia que todavía quedan por encima.
El Hostión que Viene
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